Recalcitrante
El cobrador miro, lo vio, desaprobó. De aquel pasajero desparramado ampliamente sobre uno de los asientos laterales provenía un hilo de agua que iba componiendo, en el piso del colectivo, la microfigura de una piscina.
- Ey, joven, ¿me haría el favor de levantarse del asiento?
El joven (ostentaba barba y cabellera amazónica, signos indiscutibles de juventud), ni bolilla.
El cobrador se frotó la cara con las manos en señal de enojo y desánimo frente a una situación que se repetía a diario.
- Estos tipos son de lo peor, murmuró.
Debía estar pensando: todos los años lo mismo, llega el verano y con él llegan los problemas. Ya lo dijo Darío, cuando le hizo el gol al Atlético; un problemón de aquellos. Estaba cansado de ver pasajeros que no saben comportarse en el colectivo. Que no saben ni les interesa saber. Compran un boleto de 65 centavos y creen que se compraron el colectivo entero y el derecho a hacer lo que se les antoja. El cobrador insistió:
- ¡Joven! ¡Ey, joven!
Nada. ¿Dormía? Ojos abiertos, piernas peludas. Cada vez ocupaba más espacio. Oía, pero no respondía. Era necesario tomar el toro por las astas.
- Usted, ¡Señor! ¡Usted, ahí, caballero, por favor! ¿Sería tan amable de codear al distinguido para que me preste atención?
Nada. El caballero no oía, no veía; ignoraba olímpicamente lo que acontecía a su alrededor. Acostumbrado, el cobrador se rascó la cabeza. Sabía perfectamente que ningún pasajero quiere meterse en problemas. Prefieren ver el espectáculo desde afuera.
Tuvo que salir de su trono -humilde trono de cobrador de boletos de colectivo- haciendo los gimnásticos malabares de siempre. Se acercó al joven y le tocó el hombro.
- ¿Nos levantamos? Le dijo.
El joven lo miró de lejos, desde su distancia espiritual. El cobrador insistió.
- ¿Nos vamos a levantar o no?
- Estoy bien acá.
- Me imagino, pero tiene que levantarse.
- ¿Levantarme? ¿Para qué?
- Para qué, no. Por qué. Su traje de baño esta chorreando agua.
- ¿Estás seguro que es agua?
- Es obvio.
- ¿Cómo que es obvio? ¿Lo analizaste?
Contó hasta diez antes de responderle:
- Mire, usted está en malla, viene de la playa, ¿qué tipo de agua podría ser esa que está chorreando sino fuera agua del mar? A no ser que sea…
- ¿Qué sea qué?
- Nada.
- Decí lo que pensaste.
- No pensé nada. Lo que digo es que tiene que levantarse porque su bermuda está empapada y está haciendo una laguna ahí abajo.
- ¿Y qué?
- Que está prohibido.
- ¿Prohibido transpirar?
- Claro que no.
- Estoy transpirando… ¿no puedo transpirar sentado con este calorazo terrible de enero? ¿Tengo que hacerlo parado?
- Nunca vi sudar así en mi vida. Discúlpeme, pero el reglamento no lo permite.
- ¿Qué reglamento?
- Aquél pegado ahí, ¿no lo ve? “el pasajero, aún cuando lleve vestimenta sobre el traje de baño mojado, deberá viajar parado.”
- Ningún reglamento dice que el pasajero transpirado tiene que viajar parado. Fin de la charla, ¿ok?
- Usted le está faltando el respeto al reglamento y yo debo invitarlo a bajar del colectivo.
- ¿Yo? ¿Bajarme porque estoy transpirado? Ni loco.
- El colectivo va a parar y yo voy a llamar a la policía.
- ¿La policía me va a llevar preso por transpirar?
- Lo va a bajar por que usted es un… recalcitrante.
El joven saltó de su asiento, desencajado.
- ¿Qué cosa? Repetí lo que dijiste si sos valiente.
- Re… calcitrante.
- Te rompo la cara ¿me oíste? ¡No voy a admitir que nadie me insulte!
- ¿Insultar? Nadie lo insultó.
- Sí, me insultaste. Me llamaste reo. Reo... no sé qué, calcitrante, yo qué sé lo que es eso. Retirá ya lo dicho o te doy una trompada.
- Pero, ¡es el reglamento! El reglamento es el que dice que el recalcitrante…
- No tengo nada con el reglamento. Lo tengo con vos, cretino. Retira ya lo dicho o…
Retira, no retira, el colectivo llegó a mi destino y yo me bajo indefectiblemente en él. Me quedé sin saber qué consecuencias físicas o de otro orden tuvo el uso de la palabra “recalcitrante”.
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