lunes, 10 de agosto de 2009
La realidad me ataca
miércoles, 5 de agosto de 2009
Carlos Drummond de Andrade: sus mejores cuentos_ mi traducción
Recalcitrante
El cobrador miro, lo vio, desaprobó. De aquel pasajero desparramado ampliamente sobre uno de los asientos laterales provenía un hilo de agua que iba componiendo, en el piso del colectivo, la microfigura de una piscina.
- Ey, joven, ¿me haría el favor de levantarse del asiento?
El joven (ostentaba barba y cabellera amazónica, signos indiscutibles de juventud), ni bolilla.
El cobrador se frotó la cara con las manos en señal de enojo y desánimo frente a una situación que se repetía a diario.
- Estos tipos son de lo peor, murmuró.
Debía estar pensando: todos los años lo mismo, llega el verano y con él llegan los problemas. Ya lo dijo Darío, cuando le hizo el gol al Atlético; un problemón de aquellos. Estaba cansado de ver pasajeros que no saben comportarse en el colectivo. Que no saben ni les interesa saber. Compran un boleto de 65 centavos y creen que se compraron el colectivo entero y el derecho a hacer lo que se les antoja. El cobrador insistió:
- ¡Joven! ¡Ey, joven!
Nada. ¿Dormía? Ojos abiertos, piernas peludas. Cada vez ocupaba más espacio. Oía, pero no respondía. Era necesario tomar el toro por las astas.
- Usted, ¡Señor! ¡Usted, ahí, caballero, por favor! ¿Sería tan amable de codear al distinguido para que me preste atención?
Nada. El caballero no oía, no veía; ignoraba olímpicamente lo que acontecía a su alrededor. Acostumbrado, el cobrador se rascó la cabeza. Sabía perfectamente que ningún pasajero quiere meterse en problemas. Prefieren ver el espectáculo desde afuera.
Tuvo que salir de su trono -humilde trono de cobrador de boletos de colectivo- haciendo los gimnásticos malabares de siempre. Se acercó al joven y le tocó el hombro.
- ¿Nos levantamos? Le dijo.
El joven lo miró de lejos, desde su distancia espiritual. El cobrador insistió.
- ¿Nos vamos a levantar o no?
- Estoy bien acá.
- Me imagino, pero tiene que levantarse.
- ¿Levantarme? ¿Para qué?
- Para qué, no. Por qué. Su traje de baño esta chorreando agua.
- ¿Estás seguro que es agua?
- Es obvio.
- ¿Cómo que es obvio? ¿Lo analizaste?
Contó hasta diez antes de responderle:
- Mire, usted está en malla, viene de la playa, ¿qué tipo de agua podría ser esa que está chorreando sino fuera agua del mar? A no ser que sea…
- ¿Qué sea qué?
- Nada.
- Decí lo que pensaste.
- No pensé nada. Lo que digo es que tiene que levantarse porque su bermuda está empapada y está haciendo una laguna ahí abajo.
- ¿Y qué?
- Que está prohibido.
- ¿Prohibido transpirar?
- Claro que no.
- Estoy transpirando… ¿no puedo transpirar sentado con este calorazo terrible de enero? ¿Tengo que hacerlo parado?
- Nunca vi sudar así en mi vida. Discúlpeme, pero el reglamento no lo permite.
- ¿Qué reglamento?
- Aquél pegado ahí, ¿no lo ve? “el pasajero, aún cuando lleve vestimenta sobre el traje de baño mojado, deberá viajar parado.”
- Ningún reglamento dice que el pasajero transpirado tiene que viajar parado. Fin de la charla, ¿ok?
- Usted le está faltando el respeto al reglamento y yo debo invitarlo a bajar del colectivo.
- ¿Yo? ¿Bajarme porque estoy transpirado? Ni loco.
- El colectivo va a parar y yo voy a llamar a la policía.
- ¿La policía me va a llevar preso por transpirar?
- Lo va a bajar por que usted es un… recalcitrante.
El joven saltó de su asiento, desencajado.
- ¿Qué cosa? Repetí lo que dijiste si sos valiente.
- Re… calcitrante.
- Te rompo la cara ¿me oíste? ¡No voy a admitir que nadie me insulte!
- ¿Insultar? Nadie lo insultó.
- Sí, me insultaste. Me llamaste reo. Reo... no sé qué, calcitrante, yo qué sé lo que es eso. Retirá ya lo dicho o te doy una trompada.
- Pero, ¡es el reglamento! El reglamento es el que dice que el recalcitrante…
- No tengo nada con el reglamento. Lo tengo con vos, cretino. Retira ya lo dicho o…
Retira, no retira, el colectivo llegó a mi destino y yo me bajo indefectiblemente en él. Me quedé sin saber qué consecuencias físicas o de otro orden tuvo el uso de la palabra “recalcitrante”.
Traducciones
Carlos Drummond de Andrade
- Quiero lasaña.
Aquel anteproyecto de mujer –cuatro años como mucho, iniciándose en el uso de la ultraminifalda - entró decidido al restaurante.
No necesitaba menú, no necesitaba mesa, no necesitaba nada. Sabía perfectamente lo que quería. Quería lasaña.
El padre, que milagrosamente había encontrado lugar para estacionar el auto, apareció para dirigir la operación cena que es, o era, competencia de los señores padres.
- Mi amor, vení para acá.
- Quiero lasaña.
- Escuchame, mi linda. Primero se elige la mesa.
- No, ya elegí. Lasaña.
- Qué complicado -se leía en la cara del padre-. Como si hiciera una concesión, la pequeña accedió a sentarse primero y pedir la comida después.
- Voy a querer lasaña.
- Hijita, ¿por qué no pedimos camarones? A vos te gustan mucho los camarones.
- Me gustan, pero quiero lasaña.
- Yo sé que te encantan los camarones. Pedimos una buena fritada de camarones ¿dale?
- Quiero lasaña, papá. No quiero camarones.
- Hagamos una cosa. Después de los camarones, nos comemos una lasaña. ¿Qué te parece?
- Vos comé camarón y yo como lasaña.
El mozo se acercó a la mesa y ella enseguida lo instruyó:
- Quiero una lasaña.
El padre corrigió:
- Traiga una fritada de camarones para dos. ¡caprichada!*
La pequeña se fastidió. ¿No podía querer? ¿Querían querer por ella? ¿Acaso está prohibido comer lasaña? Todas esas preguntas podían leerse en su cara, aunque sus labios mantenían reserva. Cuando el mozo volvió con los platos y el servicio, ella atacó de nuevo:
- Mozo, ¿hay lasaña?
- Por supuesto, señorita.
El padre, contraatacó:
- ¿Ya encargó la fritada de camarón?
- Sí señor.
- ¿De camarones bien grandes?
- De los mejores, caballero.
- Excelente! Entonces tráigame un porrón de cerveza y para ella… ¿qué querés tomar mi ángel?
- Una lasaña.
- A ella tráigale un jugo de naranja.
Con la cerveza y el jugo de naranja llegó la famosa fritada de camarones que, para sorpresa del restaurante entero interesado en el desarrollo de los acontecimientos, no fue rechazada por la señorita. Al contrario, la engulló con esmero. El silencio reinante en la mesa durante la masticación atestiguaba, una vez más, el triunfo de los más fuertes.
- Estaba increíble, ¿no es cierto? –comentó el padre, con la felicidad que da en la cara un estómago satisfecho-. El sábado que viene, la repetimos… ¿dale?
- Ahora la lasaña, ¿si papá?
- Yo estoy satisfecho. Unos camarones tan exquisitos… ¿En serio la vas a comer?
- Yo y vos, ¿ok?
- Mi amor, yo…
- Me tenés que acompañar, ¿de acuerdo? Pedí la lasaña.
El padre bajó la cabeza, llamó al mozo y pidió. En ese instante, una pareja que estaba sentada en la mesa de al lado empezó a aplaudir. El resto del restaurant acompañó. El padre no sabía dónde meterse. La pequeña, como si nada ocurriera. Si, en la coyuntura, el poder joven tambalea, ahí viene, con fuerza imbatible, el poder ultrajoven.
*Los brasileros utilizan este término en dos sentidos: cuando quieren pedirle al cocinero que se esmere con el plato o cuando quieren pedir que sea abundante. Creo que en este caso el sentido se refiere a “esmerarse”.