Carlos Drummond de Andrade
- Quiero lasaña.
Aquel anteproyecto de mujer –cuatro años como mucho, iniciándose en el uso de la ultraminifalda - entró decidido al restaurante.
No necesitaba menú, no necesitaba mesa, no necesitaba nada. Sabía perfectamente lo que quería. Quería lasaña.
El padre, que milagrosamente había encontrado lugar para estacionar el auto, apareció para dirigir la operación cena que es, o era, competencia de los señores padres.
- Mi amor, vení para acá.
- Quiero lasaña.
- Escuchame, mi linda. Primero se elige la mesa.
- No, ya elegí. Lasaña.
- Qué complicado -se leía en la cara del padre-. Como si hiciera una concesión, la pequeña accedió a sentarse primero y pedir la comida después.
- Voy a querer lasaña.
- Hijita, ¿por qué no pedimos camarones? A vos te gustan mucho los camarones.
- Me gustan, pero quiero lasaña.
- Yo sé que te encantan los camarones. Pedimos una buena fritada de camarones ¿dale?
- Quiero lasaña, papá. No quiero camarones.
- Hagamos una cosa. Después de los camarones, nos comemos una lasaña. ¿Qué te parece?
- Vos comé camarón y yo como lasaña.
El mozo se acercó a la mesa y ella enseguida lo instruyó:
- Quiero una lasaña.
El padre corrigió:
- Traiga una fritada de camarones para dos. ¡caprichada!*
La pequeña se fastidió. ¿No podía querer? ¿Querían querer por ella? ¿Acaso está prohibido comer lasaña? Todas esas preguntas podían leerse en su cara, aunque sus labios mantenían reserva. Cuando el mozo volvió con los platos y el servicio, ella atacó de nuevo:
- Mozo, ¿hay lasaña?
- Por supuesto, señorita.
El padre, contraatacó:
- ¿Ya encargó la fritada de camarón?
- Sí señor.
- ¿De camarones bien grandes?
- De los mejores, caballero.
- Excelente! Entonces tráigame un porrón de cerveza y para ella… ¿qué querés tomar mi ángel?
- Una lasaña.
- A ella tráigale un jugo de naranja.
Con la cerveza y el jugo de naranja llegó la famosa fritada de camarones que, para sorpresa del restaurante entero interesado en el desarrollo de los acontecimientos, no fue rechazada por la señorita. Al contrario, la engulló con esmero. El silencio reinante en la mesa durante la masticación atestiguaba, una vez más, el triunfo de los más fuertes.
- Estaba increíble, ¿no es cierto? –comentó el padre, con la felicidad que da en la cara un estómago satisfecho-. El sábado que viene, la repetimos… ¿dale?
- Ahora la lasaña, ¿si papá?
- Yo estoy satisfecho. Unos camarones tan exquisitos… ¿En serio la vas a comer?
- Yo y vos, ¿ok?
- Mi amor, yo…
- Me tenés que acompañar, ¿de acuerdo? Pedí la lasaña.
El padre bajó la cabeza, llamó al mozo y pidió. En ese instante, una pareja que estaba sentada en la mesa de al lado empezó a aplaudir. El resto del restaurant acompañó. El padre no sabía dónde meterse. La pequeña, como si nada ocurriera. Si, en la coyuntura, el poder joven tambalea, ahí viene, con fuerza imbatible, el poder ultrajoven.
*Los brasileros utilizan este término en dos sentidos: cuando quieren pedirle al cocinero que se esmere con el plato o cuando quieren pedir que sea abundante. Creo que en este caso el sentido se refiere a “esmerarse”.
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